El negocio de contaminar


Antes de salir de la cuenca del Paraguay-Paraná, hacemos la última parada para conocer el Pantanal paraguayo y a sus gentes. De la visita a la Estación Biológica Tres Gigantes surgen múltiples reflexiones acerca del papel que juegan las organizaciones conservacionistas en el negocio de la “protección del medio ambiente”.

La última parada de la ruta dentro de territorio paraguayo es para conocer el confín norteño del país sobre el río Paraguay: el pueblo de Bahía Negra y su entorno chaqueño-pantanaleño. Es nuestro último tramo en el Aquidabán, de nuevo con tiempo sur y algo más desahogado de gente, lo cual nos hace encontrar un sitio para dormir más sencillo en el barco que los bahianegrenses odian y aman por igual, al ser el medio por el que reciben insumos y por el que salen incómodamente cada vez que quieren llegar a otra parte del país en esta larga época de lluvias.

Lo primero que hacemos al descender del barco es encontrarnos con Damián, quien nos dirigirá al cabo de poco tiempo a la Estación Biológica Tres Gigantes, a unos 40 kilómetros al norte sobre el río Negro, la frontera natural que divide el país con Bolivia. Damián y su equipo de trabajo son el personal contratado por Guyrá Paraguay, una ONG conservacionista que es propietaria del terreno en el que se encuentra nuestro destino y que en definitiva se trata de un alojamiento turístico de elevado coste, tanto en estancia como en transporte, y donde de vez en cuando se realizan algunos estudios de fauna y flora de la región. Nuestro cometido es conocer el río Negro y la naturaleza del lugar, algo imposible para nuestros bolsillos si no fuese intercambiando con Guyrá un censo completo del entorno de las especies de aves por nuestra estadía en Tres Gigantes.

La naturaleza no decepciona y en apenas 5 días de trabajo son 113 las especies de aves avistadas en los recorridos que hacemos a pie y a lo largo del río remando con el kayak. Además la naturaleza nos regaló la oportunidad de observar el mono aullador (Alouatta caraya), el mono tití (Callicebus pallescens), la nutria gigante (Pteronura brasiliensis) y el Yacaré negro (Caiman yacare) entre otras especies. Ni que decir de la espectacularidad de los paisajes que conforman el río, sus sonidos, amaneceres, puestas de sol y noches estrelladas. Un placer solo interrumpido a ciertas horas por los mosquitos, que pueden perseguirte en nubes de cientos de individuos durante las horas clave. En lugares como este uno puede tender a pensar que el ser humano nunca puso un pie en ellos para que hayan llegado así hasta nuestros días, y que la única solución pasa por la conservación en manos privadas.

Nada más lejos de la realidad. Esta parte del río Negro hasta Cerrito Jara es territorio ancestral de los Yshir, quienes durante milenios hicieron uso de él de una forma sostenible, respetando los periodos de caza y pesca de las diferentes especies, sacando la madera de manera inteligente para las necesidades que requerían, consumiendo frutos y cultivando en pequeñas chacras para su sustento. Este uso responsable, ese conocimiento de la naturaleza, es lo que hizo que estos días pudiésemos disfrutar de las huellas del yaguareté o jaguar (Panthera onca) y otros depredadores en los caminos que recorrimos. Ahora está en manos privadas aunque conservacionistas, tras la compra de los terrenos a un terrateniente paraguayo; con el apoyo de inversionistas extranjeros de dudosa intención, que en muchos casos se tratan de empresas que hacen negocios terriblemente dañinos para el medio ambiente en otros puntos del planeta.

No dudamos de la buena intención de las personas que trabajan en Guyrá Paraguay como amantes de la naturaleza -nosotros lo somos también-. De su buen trabajo en el campo de la investigación. Ni qué decir acerca del maravilloso personal bahianegrense que nos encontramos trabajando en Tres Gigantes -Damián, Alexis, Inés y Ede-. Lo que creemos un engaño es la manera en la que actúan algunas organizaciones conservacionistas, apropiándose a base de talonario de extensas regiones de las que se enriquecen por los aportes a programas de conservación, haciendo promesas de trabajo incumplidas a las comunidades locales, firmando acuerdos de adquisición de territorios para la conservación que misteriosamente pasan años después a manos de inversionistas ganaderos o agricultores extranjeros o mirando para otro lado en cuestiones más graves ecológicamente en el propio territorio.

El comercio del CO2

Uno de los casos más escandalosos de comercio con la conservación, es el de las compensaciones de emisiones de CO2 o los famosos bonos de carbono. Este negocio inventado tras la firma del Protocolo de Kyoto en 1997, consiste en que si un país de los firmantes sobrepasa su tasa permitida de emisión de CO2, puede solucionarlo por el módico precio de 12 euros de promedio por tonelada. Así surgieron como setas empresas y organizaciones que se apuntaron al carro de estos bonos salvadores del oxígeno planetario, para compensar lo que otros destruyen.

Lo triste es que esos bonos sirven para conservar bosques que ya están conservados, es decir que no aportan ninguna novedad al planeta. Además lo hacen en muchos casos en territorios titulados a los pueblos originarios, con quienes llegan a acuerdos de no explotación de la zona que desde milenios ha sido conservada en perfectas condiciones. Esto es a cambio de promesas de dinero que resultan pírricas dentro de los montos que se mueven en el jugoso mercado del carbono, no llegando nunca a destino o transformando el modo de vida de comunidades. Y cómo no, dando vía libre a dichos gobiernos y empresas a la destrucción ilimitada del medio en otros puntos del planeta, e incluso dentro del propio Paraguay.

En la comunidad Yshir vecina de Bahía Negra, Guyrá Paraguay llegó recientemente a un acuerdo con ellos y con la Empresa de Logística Marítima Swire Pacific Offshore de Singapur (SPO) -una compañía líder proveedora de servicios a la industria petrolera costera y la industria del gas-, para llevar a cabo un proyecto al que llaman “Proyecto de Conservación de Bosques del Paraguay”, y cuyo objetivo según dicen es:

[…] proteger bosque suficiente demostrablemente amenazado de deforestación para prevenir la emisión de 840.000 tCO2e (expresados como Unidades Voluntarias de Carbono o VCUs, por sus siglas en inglés) a la atmósfera por un período de 20 años, con un presupuesto máximo de US$ 7 millones. En este contexto, la protección de la cobertura boscosa de la región Chaco-Pantanal contribuye a esa meta.

Suena bien, pero la realidad es que la supuesta “inversión” se hace sobre los terrenos titulados a la comunidad indígena. O lo que es lo mismo: nada que proteger, ya que, apenas hay unas decenas que se usan para cultivo, ganadería de subsistencia y la extracción de madera, lo cual no está haciendo que exista ese peligro de deforestación del que se habla. Se ofrece un dinero fácil, en este caso en el proyecto que abarca 4.745 has, se habla de 1 US$/ha/año año durante 20 años “para acciones que beneficien a la Comunidad Yshir, de acuerdo a sus prioridades”, y dejan que la naturaleza haga su trabajo. El monto final del proyecto es de US$ 7 millones, y los Yshir, que son quienes cuidan del bosque, recibirán en esos 20 años US$ 94.900 en metálico o en acciones que les beneficien. Hay 6.905.100 US$ que se quedan por el camino por contaminar de más. Rentabilidad total.

Como indican Tejido de Comunicación ACIN  en “El mercado del carbono, o el engaño de moda:

[…]El truco consiste en que ellos siguen contaminando y para justificar el daño ofrecen una cantidad de dinero a los países o a las comunidades que tienen muchos bosques. Nos dicen que nos van a pagar por tener bosques, pero en realidad lo que hacen es pagar por el derecho a seguir contaminando y aumentar sus ganancias. La plata que ofrecen por el negocio viene siendo una chichigua, una mínima cantidad, porque la mayor parte se queda en los intermediarios y los dueños del negocio. Las comunidades terminan en la última parte de la cadena o en la puerta del edificio para que les tiren un hueso, mientras que las grandes empresas o las bolsas de valores del mundo se quedan con la mayor ganancia en el piso más alto del edificio. La gente que recibe el hueso termina, en su propia tierra, como esclava de los que le tiran el hueso del piso más alto y, al mismo tiempo, como cómplice de la contaminación y de su propia destrucción […]

La naturaleza en este rincón de Paraguay es un espectáculo impresionante. Es un hecho que los territorios titulados a indígenas se conservan en muy buenas condiciones. Aquellos que han perdido muchos de sus valores naturales, por no decir todos, son con los cuales se ha comerciado sin tener en cuenta a las comunidades locales desde el principio. El mercado del carbono engaña a todos, a los consumidores que piensan que están del lado de los buenos que hacen su compensación de carbono, y a las comunidades que creen que tendrán beneficios económicos por no hacer nada. El discurso conservacionista está en manos peligrosas desde hace años y sus beneficios son muy importantes.

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Carmelo Peralta, la influencia brasileña y el pueblo Ayoreo


Carmelo Peralta es la entrada al Pantanal. Un mixtura de gentes y formas de vida en un entorno precioso. Los días pasan bajo la lluvia, conociendo todo lo que tiene que ofrecer una población de apenas 2.000 habitantes. La influencia brasileña ya se deja notar, la Isla Margarita ofrece el lugar de descanso perfecto y el pueblo Ayoreo lucha por mantenerse independiente en un entorno completamente ajeno a su tradición.

Está amaneciendo cuando descendemos del Aquidabán en Colonia Carmelo Peralta y el horizonte, lleno de colores, nos regala otro espactáculo gratuito de los que está lleno el río. Buscamos el lugar para instalarnos la semana que estaremos por aquí hasta que vuelva a subir el barco hacia el Norte, y mientras vamos descubriendo este hermoso lugar de unos 2.000 habitantes. Carmelo Peralta se extiende a lo largo de la orilla del río Paraguay, donde se intercalan enormes mangueros y casas elevadas sobre columnas de madera para protegerse de las crecidas, confiriendo a todo un aire caribeño y pausado, interrumpido los últimos días con la llegada de una lluvia casi permanente que limita nuestros movimientos.

Avanzando, apenas a un kilómetro al sur de Carmelo Peralta, empiezan a aparecer las casas de las comunidades Ayoreo que se asientan en esta parte del país –Cucaani, Isla Alta, Guidai Ichai, Tiogai y Punta-. Son casas bajas de madera con mucha vida fuera de ellas, donde la gente conversa mientras toma tereré, los niños juegan libremente, algunas mujeres tejen bolsos hechos de garabatá (Pseudannanas sagenarius), se juega al boley o se espera a alguien que quiera cruzar a la otra orilla.

En frente está Porto Murtinho, la ciudad brasilera situada más al sur sobre el río Paraguay, de donde destacan sus muros de contención construidos en la ribera para protegerse de las inundaciones y la enorme bandera brasileña que ondea en la plaza principal. Y entre medias de ambos, Isla Margarita, una pequeña isla habitada perteneciente a Paraguay y destino final de nuestros huesos molidos por el suelo del Aquidabán, después de un primer intento en la orilla de Carmelo Peralta, donde los mosquitos son dueños y señores de todo.

Lo que no cambia es la disposición de la gente que nos sale al paso, y que continúa con la tónica del viaje, la de la sonrisa fácil y la palabra amable ante cualquier pregunta.

LA INFLUENCIA BRASILERA

Aquí ya empieza a sentirse la influencia brasilera. El gigante que allí donde entra en contacto con sus vecinos, ejerce un influjo abrumador. El idioma se va entreverando con el castellano y el guaraní. La música y la televisión brasilera también puede verse y oirse en las casas paraguayas. Además, aquí la actividad brasilera es el sustento de muchas familias. La dinámica económica de esta zona pasa por la vida fazendeira en las estancias a uno y otro lado del río y el exclusivo turismo brasileño de pesca, que según la temporada acapara gran parte de la actividad diaria de muchos habitantes a través de la venta de carnada y el trabajo en los barcos de recreo. El transporte de pasajeros entre el lado paraguayo y el brasilero también es generador de ingresos, sobre todo para los Ayoreo que con sus deslizadoras cruzan una y otra vez el río. También se ven algunas pequeñas chacras de mandioca y batata que se cultivan para el sustento básico y la venta de pequeños excedentes.

Brasil, con una posición de superioridad económica en el Sur que se refleja en las relaciones que mantiene con el resto de países de Sudamérica -con sus megaproyectos hidroeléctricos, ganaderos, hidrocarburíferos, etc-, es un grandísimo especialista en ejercer una influencia casi colonizadora en las fronteras que tienen con sus vecinos y que les lleva a extender su poder más allá de las suyas. La población aquí lleva bien la relaciones entre ambos países y lo percibe como una fuente de ingresos, aunque sí se reflexiona acerca de la pérdida de autonomía por la posesión de la tierra y los negocios.

Hasta Murtinho se acercan estas noches algunos de los habitantes de Carmelo para asistir al rodeo. Un espectáculo a todo tren digno de los shows televisivos estadounidenses, que entremezcla la exaltación de la patria, el entretenimiento y las proclamas religiosas como nexo unificador del país.

EL PUEBLO AYOREO. ENTRE EL EAMI Y LOS COÑONE

El pueblo ayoreo fue contactado por los coñone -como ellos llaman a los blancos– apenas hace 60 años, cuando empezaron a explotarse los territorios en donde habitaban en total equilibrio con su entorno. El proyecto ferroviario al sur de Bolivia y la venta del Chaco para explotaciones tanineras, ganaderas y especuladoras, hicieron que los Ayoreo, tradicionalmente guerreros y nómadas, se enfrentasen con aquellos que trabajaban dentro de su tierra y comenzasen a tener miedo de lo que podría ocurrirles.

Ante esta situación, las autoridades de ambos países solicitaron a la iglesia católica, menonitas y evangélicos que les ayudasen a sedentarizar a los “salvajes” que tantos problemas estaban causando a sus proyectos. Poco a poco, con el miedo ante lo que estaba ocurriendo -dándose el caso de que el primer contactado, un niño, fue atrapado y exhibido en una jaula como si se tratase de un animal-, diferentes grupos fueron saliendo del monte y sumándose a estas misiones, atraídos por la idea de vivir una vida mejor. Todo esto hizo que fuese sencilla la colonización de los territorios para su uso ganadero y extractivo ante la ausencia de sus moradores originarios.

Una de las zonas donde se asentaron con las misiones en 1962 fue esta de Carmelo Peralta, y aquí siguen tras la titulación de 20.000 has al pueblo Ayoreo -dicho sea de paso, terreno que no forma parte de sus tierras originarias-, donadas por la orden salesiana que las compró en su día. Después de estos días, tras conversar con la gente Ayoreo que vive en las colonias de Carmelo Peralta, nos llevamos la impresión de que, evidentemente, han transformado mucho el uso que hacen del monte estando sedentarizados. Cambiando en poco tiempo muchas de sus costumbres, adoptando la forma de vivir de la sociedad que les rodea en cuanto a la obtención de ingresos económicos, a su apariencia externa, el aumento de la prostitución entre la población, el consumo de bienes materiales y otras sustancias propias de la sociedad occidental –como el alcohol-.

A pesar de todo esto, y tal y como aparece en el Informe IWGIA sobre El Caso Ayoreo en Paraguay, hemos podido comprobar que se guarda un sentimiento de pertenencia a un pueblo ancestral, se mantienen costumbres muy vivas y muchas de sus actitudes ante la vida siguen guardando la esencia de su cultura tradicional, como por ejemplo:

Una querencia por moverse más allá del limite de los territorios titulados –muchos prefieren trabajar lejos de su casa, hasta trabajando en Brasil por menos dinero, por el hecho de conocer nuevas tierras-.

La pérdida de valor de los bienes materiales –compran productos caros con lo que ganan, pero son capaces de desecharlos al poco de adquirirlos-.

La confianza en la naturaleza, en el mundo y en sí mismos –siguen extrayendo miel, cazando a menor escala, cultivando en pequeñas chacras, son los mejores pescadores no teniendo competencia en la venta de carnada a los turistas, demostrando un conocimiento del comportamiento de la naturaleza excepcional. Y siguen respetando a sus hermanos que aún viven en el monte-.

El alto grado de autonomía personal dentro de las estructuras de organización colectiva -demostrándose también en la segregación de las comunidades, que en un principio juntaron en una más grande, de nuevo en varias con el paso del tiempo.

Y la visión de equidad y respeto frente al mundo y el resto de sus habitantes.

Hoy en día se sigue comerciando con el territorio Ayoreo, donde aún habitan grupos que voluntariamente decidieron no entrar en contacto con los coñone. Estos grupos que viven aislados y que no quieren cambiar su manera ancestral de vivir, siguen respetando su Eami, término que en clave occidental podría ser traducido como “patria”, toda vez que entendamos esta palabra no en sentido nacionalista -protegido por fronteras, escudos y estereotipos-, sino como espacio compartido, animado por los imaginarios comunes y por el deseo continuo de conservar y producir comunidad. […] Si se desconoce la legislación vigente, si no se detiene la usurpación de los territorios Ayoreo y la destrucción de sus hábitats físicos y simbólicos, en poco tiempo habremos perdido no sólo la compleja riqueza del medioambiente sino la potencia de una cultura viva y resistente, obstinadamente refugiada en los bosques o dispuesta a asumir el conficto transcultural de acuerdo a modelos propios, a las normas de sus mundos particulares.(1)

DESPEDIDA

Nos vamos de Carmelo Peralta, Isla Margarita, La Punta, Porto Murtinho, con pena por marchar. Han sido 7 días basados en la isla de convivencia excepcional con sus habitantes. Donde un día puede empezar en casa de un vecino tomando tereré, la tarde continuar pescando en las orillas y acabar cocinando en casa de alguien, compartiendo un plato caliente mientras afuera diluvia. Esto es la otramérica, la de la gente de a pie que lucha cada día, trabaja, sonríe, respeta y comparte.

Nos encaminamos hacia Bahía Negra en el Aquidabán, con la previsión de no poder conectarnos de nuevo a internet hasta que pasemos el Pantanal. Intentaremos compartir unos días con el pueblo Ishir y también acercarnos a la Estación Biológica de Tres Gigantes y su entorno. Después buscaremos la manera de cruzar el Pantanal. Posiblemente estemos casi un mes sin dar señales. Hasta entonces.

(1) Ticio escobar, en el Informe IWGIA | Paraguay | El Caso Ayoreo.
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Puerto Casado: del tanino a la Secta Moon. Historia de una lucha por la dignidad


La historia de Puerto Casado es la de un pueblo que trabajó en la extracción de tanino durante más de un siglo a costa de mucho esfuerzo. Cuando hace algo más de una década se decidieron los propietarios de Puerto Casado S.A. a abandonar estas tierras que ilegalmente ocupó su emprendedor hace 130 años, lo hicieron una vez más sin contar con las gentes que viven en este territorio. La venta de 500.000 has a la coreana Secta Moon, de presencia mundial, provocó la definitiva reacción de un pueblo harto de ser meros espectadores de los juegos de poder que se libran en Asunción entre latifundistas y funcionarios gubernamentales. Es una historia larga y compleja que intentamos resumir a continuación.

 

Conocimos Puerto Casado a través del libro Caminos de Agua de Román Morales en el que relata su paso por este lugar en plena ebullición de un conflicto que no está acabado, pero que va recogiendo sus frutos. Casado, con 6.000 habitantes y a la orilla del río Paraguay, giraba en torno a una fábrica que ahora está en ruinas y que guarda la dolorosa historia de un pueblo sacrificado por más de cien años.

Para poner en antecedentes acerca de la historia de Puerto Casado, creemos que lo mejor es remitirnos en parte a lo escrito por Morales durante su viaje a remo uniendo las tres cuencas fluviales en solitario durante dos años y medio.

[…] La historia contemporánea del Chaco paraguayo pasa por la controvertida figura del inmigrante español nacido en Palencia en 1833, Carlos Casado del Alisal, un tipo tan glorificado como empresario, como denostado por la clase trabajadora. Con sólo veinticuatro años, el hombre había desembarcado en Buenos Aires dispuesto a aprovechar las oportunidades de una Argentina de promisión en la que casi todo estaba por hacer. Y bien que las aprovechó: en tan solo ocho años, Carlos Casado ya era dueño de una entidad financiera que llevaba su propio nombre y que más tarde vendería al Banco de Londres. Bien capitalizado, se dio a la labor de desarrollar el llamado Ferrocarril Oeste Santafesino para dar salida al cereal de aquella provincia hasta los embarcaderos del río Paraná. Entre sus logros está el ser el responsable de la primera exportación de trigo hacia Europa, seis veleros de ultramar que en 1878 zarparían del puerto fluvial de Rosario con destino a Glasgow cargados con cuatro mil quinientas toneladas de cereal, un hecho auroral que convertiría posteriormente a Argentina en el tan mentado “granero del mundo”. El palentino era ya una especie de monarca de las finanzas y reconocido prototipo de empresario emprendedor. Pero no se detendrían ahí sus ambiciones económicas, pues el Chaco paraguayo, tierra de indígenas inconquistados, poseía un recurso natural de creciente importancia en la industria mundial, un árbol de madera inquebrantable que generaría el más importante ciclo económico de la región: el árbol de quebracho (Schinopsis balansae). […] Carlos Casado adquiriría entonces cerca de seis millones de hectáreas “fiscales” en el Chaco paraguayo para explotar los quebrachales […]

Las leyes agrarias de la época impedían tal acumulación de tierras por parte de una sola persona o empresa, pero el avispado empresario se las arregló a través de terceros para ocupar una cuarta parte de la extensión total del Chaco.  Como se indica en el libro La lucha de la tierra en defensa de la vida, el pueblo Maskoy frente a Carlos Casado S.A., tal adquisición se realizó a través de 28 escrituras públicas y sorprendentemente, entre enero y octubre de 1886 Carlos Casado consigue titular a su nombre el 98,8% de la superficie total adquirida, lo que da una idea de la especulación que se tramaba en los despachos oficiales durante la venta del Chaco en aquella época.

[…] Como propietario supremo entendió que no sólo la tierra era suya, sino que también le pertenecían  las poblaciones indígenas que quedaban dentro de su inmensa propiedad. Tierra y propiedad son para los indígenas de América dos asuntos antitéticos: como tal, la propiedad individual sobre la tierra no existe; la tierra es un concepto, digamos, filosófico y plural,  donde lo comunitario se une a lo sagrado. En un principio a Casado no le hizo falta traer hacheros afuerinos para tumbar los árboles. Bastaba con forzar a los indígenas: o trabajaban en los obrajes o salían de “su” propiedad a golpe de fusil […]

En esta situación, los indígenas Maskoy que habitaban los quebrachales y el entorno de la fábrica de tanino, eran explotados y pagados en bonos canjeables en los almacenes que regentaba la empresa, en los cuales no podían adquirir muchos productos de primera necesidad y los que adquirían lo hacían a un precio elevadísimo. Hay también casos documentados en los que la empresa pagaba a los trabajadores dándoles 10 litros de caña (la bebida alcohólica nacional) introduciendo su consumo entre la población y haciéndoles dependientes del inhumano trabajo. Fueron ellos la semi-esclava mano de obra que sirvió para transportar y acomodar las durmientes del tren que se iría introduciendo Chaco adentro en busca de nuevos quebrachos, y que significó el secreto del éxito de la compañía, por el cual llegaron a acuerdos con los menonitas para la anexión de nuevas tierras a cambio de hacer llegar el ferrocarril hasta Filadelfia, cosa que nunca llegó a suceder.

Precisamente este tren sirvió a Casado S.A. para enriquecerse durante la guerra del Chaco contra Bolivia, ya que fue la vía de penetración al inexplorado territorio. Se usó para abastecer a las tropas Paraguayas en la contienda con la seguridad de que nunca serían atacados por los bolivianos por temor a meter a Argentina -nación de Casado S.A.- en la contienda.

Ante esta situación de aparente progreso y con un país desolado por la guerra, fue llegando gente de todo Paraguay atraída por la posibilidad de un trabajo que en muchos casos significaba la muerte faenando de hacheros en los quebrachales del interior del Chaco, de una madera tan dura y pesada que resulta casi imposible clavar nada en ella.

Esta situación se prolongó hasta finales de los años 70, siguiendo un modelo extractivista de la madera sin repoblar ni tener en cuenta las consecuencias ambientales, y por ende sociales que se desprendían de este sistema, agotando recursos vitales para los habitantes del Chaco a cambio de un trabajo inhumano.

Fue entonces cuando la comunidad Maskoy, en una situación de precariedad laboral absoluta y en emergencia alimentaria y sanitaria, se dedicó a reclamar su derecho a una parcela de 30.000 has de tierra que comprendían los territorios históricos de sus pueblos, para una autogestión comunitaria después de tanto tiempo bajo el mando de la compañía taninera. Seis años duró la negociación hasta que los Maskoy lograron su objetivo. Casado S.A. intentó todas las artimañas posibles para evitar la pérdida de unos terrenos de los cuales los indígenas habían sido desprovistos menos de un siglo atrás y en los que habían trabajado todo ese tiempo, habiendo pagando ya en todo caso su coste con dicho esfuerzo infra remunerado a lo largo de los años.

EL DESEMBARCO DE LA SECTA MOON O LA IGLESIA PARA LA UNIFICACIÓN DEL CRISTIANISMO UNIVERSAL

Durante la década de los noventa la compañía cambió su estrategia comercial de cara a la venta definitiva de la tierra, de la que poco a poco había ido desprendiéndose y lo cual le urgía ante el temor de que el ejemplo Maskoy se extendiese en sus posesiones. Con el hundimiento del precio del tanino, debido a la sintetización del mismo por la industria química, desaparecieron los trabajos de los hacheros –con sus consecuencias económicas para la sacrificada población casadeña, absolutamente dependiente de la fábrica- y comenzó un ciclo de falsas emprendedurías con el objetivo último de revalorizar sus agotadas tierras. Se cultivó arroz y se implementaron proyectos de piscicultura, que sirvieron para crear expectativas, acallar algunas voces y atraer compradores extranjeros.

En el año 2000, llegó el golpe definitivo a Puerto Casado. Desembarcó la Secta Moon, de la que se ha comprobado la vinculación con negocios de producción de armas y lavado de dinero, una organización especuladora mundialmente conocida que se enmascara en una iglesia liderada por el autodenominado “tercer mesías”. El señor Moon promulga entre sus acólitos que vino al mundo a rematar la faena que Cristo dejó sin terminar. Y bajo esa aparente intención de ayudar al prójimo adquirió sin previo aviso a la población -con el pueblo e inmuebles incluidos- las últimas 500.000 has que poseía la firma Argentina. Prometieron trabajo, becas y progreso; y todo aquel que no estuviese de acuerdo con la presencia de los nuevos compradores debía abandonar el pueblo ya que nada les pertenecía.

El pueblo a partir de este momento sufrió -y sufre- una fractura en tres partes: los que no están dispuestos a volver a ser dependientes y siervos de una empresa extranjera en la tierra donde murieron sus abuelos;  los que creen en las promesas de trabajo y bienestar difundidas por los nuevos propietarios al calor de la necesidad de la gente; y los oportunistas que ven en el conflicto una circunstancia perfecta para comprar tierras ante una posible expropiación del gobierno paraguayo. Ante esta situación, en 2005, la mayor parte de la población se organizó en una marcha hasta Asunción para reclamar sus derechos sobre la tierra que habitan y se realizaron ocupaciones de hecho de 35.000 has,  formando una cooperativa para su explotación y reconocimiento de la propiedad.

El proceso está resultando largo y jurídicamente complicado por el poder que tienen los Moon en altos estamentos sociales y políticos del país. Ante las complicaciones que iban surgiendo, el nombre de los explotadores de la tierra comprada a Casado S.A. fue cambiando, siendo en primer lugar La Victoria S.A. -arrendatarios de la secta- y cuyos dirigentes pertenecen al consejo directivo de los Moon, y al que ahora cambian su nombre al de Fundación Paz Global con el que gestionan todas sus actividades en terreno casadeño. También tienen acuerdos con el periódico ABC, de tirada nacional, en el que el periodista Roque Vera se dedica a publicar todo tipo de informaciones falseadas acerca de Puerto Casado, tergiversando a la opinión pública. Además se intenta enmascarar la lucha del pueblo casadeño en una disputa religiosa, por la implicación de los misioneros con la causa, que desde el principio nos comentan que optaron por la dignidad del pueblo, declarándose testigos de los atropellos que se realizan contra los ciudadanos.

En enero de este año 2012 se reconoció la ocupación de hecho que incluye el pueblo de Puerto Casado y las 35.000 has, lo que resulta el paso previo a la titulación de las tierras. La podredumbre llega hasta la corte suprema, donde en una votación anterior acerca de la expropiación de las tierras a los Moon, el voto en contra de la resolución que hizo inconstitucional la propuesta, fue dado por de entonces magistrado José Altamira, el cual es activo de la organización Patria Soñada que está directamente vinculada con Paz Global.

En estos días hemos hablado con todo aquel que ha querido abrirnos sus puertas, a favor y en contra del movimiento. Nos acercamos a la piscicultura –de donde se sacan apenas 150 peces de vez en cuando para una supuesta venta a las colonia menonitas-, y a la huerta ecológica -que no es tan ecológica según nos cuentan sus propios trabajadores- que están implementando a través de Paz Global. Esto aporta un trabajo  sin contrato y mediante el pago irrisorio, tardío y a en ocasiones través de vales canjeables a unas 100 personas. Nuestro objetivo era hablar con los directivos estadounidenses que están de visita estos días, y fueron ellos quienes dieron la orden, sin cruzar palabra con nosotros, de echarnos amablemente de los terrenos municipales donde se asientan.

La Secta Moon está desde hace tiempo detrás de la compra de grandes extensiones de terreno, los cuales coinciden con lugares que son reservas de agua dulce subterráneas, creando falsos emprendimientos económicos con diferentes nombres para justificar su presencia en los países, algo que por ejemplo no funcionó en Brasil de donde fueron expropiados y expulsados.

Nos marchamos de Puerto Casado con la esperanza de que su gente, que nos han recibido con las puertas abiertas y con los que hemos compartido largos ratos de conversación, logren el propósito de poder gestionar sus tierras de una forma independiente, sin comprometer los recursos de las generaciones futuras  y no dejándose llevar por los cantos de sirena que los oportunistas intentarán hacerles llegar para comprarlas y de nuevo encontrarse en la misma situación.

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Cuando la única salida es el Aquidabán


Y apareció el viento del sur, el que trae frío y lluvia y que suma más agua a los caminos del Chaco que se vuelven intransitables muchas veces  durante seis meses al año. Cuando esto ocurre, el Aquidabán es el único medio de transporte en el cual uno puede llegar hasta las poblaciones del Alto Paraguay.

Viajar en el Aquidabán entrando el invierno hace que se pueda comprender lo que significa este viejo barco de madera para los habitantes que viven de Concepción hacia arriba. Durante los días pasados llegó a bajar el termómetro hasta los 3º C y a la lluvia cuando le da por aparecer, se hace dueña de todo. Las personas que habitan esta zona vuelven a quedar incomunicadas por tierra siendo el río el único nexo de unión con el resto del país.

Este barco es un verdadero mercado flotante donde puedes comprar variedad de alimentos y otros productos en los puestos situados en su parte baja. Es uno de los pocos barcos que se utilizan para hacer llegar productos de primera necesidad por todas las estancias, pueblos y ciudades hasta Bahía Negra; y además es también el único que transporta pasajeros –sorprendente, viendo la demanda que hay en esta época y la cantidad de barcos que circulan por el río transportando mercancías-, que durante la noche viajan agazapados por todos los rincones del barco, desde la heladora cubierta hasta la ruidosa zona de máquinas, que a pesar del ruido desprende un calor tan agradable que decidimos tomarlo como el lugar donde recostarnos y dormir a ratos, interrumpidos por el ir y venir de las personas que pasan la noche paseando de un lado a otro del barco.

En cada parada, a la hora del día o de la noche que sea, se acercan hasta los muelles decenas de personas que una vez por semana esperan el barco que les traerá la encomienda que viene de Concepción, la visita de algún familiar, material para construir su casa o la mercadería para vender en su comercio. Paradas de una hora o más, donde los mozos encargados de la gestión de la carga se despachan con una naturalidad caótica en la que parece estar bajo todo control y funciona a la perfección, siempre acompañado por el buen humor de la gente paraguaya, la cual no pierde la paciencia ante ningún imprevisto del viaje.

Este será nuestro barco de referencia el tiempo que estemos en el río Paraguay. Cada semana nos subiremos a él para seguir uniendo ciudades, pueblos, estancias y comunidades. Ahora llegamos a Puerto Casado, un pueblo de 6.000 habitantes cuya historia viene resonándonos desde antes de salir de viaje, la de uno de los grandes abusos relacionados con la posesión de la tierra y la desposesión de derechos a sus habitantes.

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El Chaco se agota y se agota su gente


Después de unos días en Concepción conocimos a Martín, un contratista que trabaja para algunas estancias ganaderas construyendo casas para los retiros -que así se llaman a los lugares donde se alojan los retireros que cuidan del ganado en los potreros más alejados de la estancia principal-.

Martín, de 36 años y risa fácil, es grandón y generoso. Con un pasado en el negocio del narco y con muchas ganas de compartir su actual vida de campo con nosotros, nos invita a esperar a nuestro próximo barco río arriba, a unos 70 km, en la estancia donde él y su equipo de trabajo terminan una casa nueva para el retirero que se encarga de los 20 potreros –de 50 hectáreas cada uno-. Allí, el retirero se encargará de mover el ganado cada cuatro días de uno a otro para dar tiempo a que el pasto se recupere.

Antes, este terreno era propiedad de una empresa argentina que lo utilizó para la explotación del quebracho, un árbol del que se extraía el tanino, tan usado para curtir pieles en Europa. Ahora esta estancia, como muchas otras, es de un propietario brasilero que ya está metido en el negocio de la ganadería a gran escala en el vecino Brasil y que poco a poco va transformando, rentabilizando y revalorizando un suelo: si cuando lo compró, hace 7 años, cada hectárea valía 200 dólares, ahora su precio trepa hasta los 1.500. Es una estancia relativamente pequeña a juzgar por otras que encontramos río arriba.

Tiene tan solo 17.000 hectáreas y unas 7.000 cabezas de ganado que van creciendo año tras año, pero nos da para hacernos una idea de lo que pueden ser otras estancias con cientos de miles de hectáreas y decenas de miles de cabezas de ganado que aportan unos enormes beneficios.

Vamos a dar algunos datos acerca de esta joven empresa para poder comprender el porqué de la rápida expansión, la problemática social y ambiental que genera y la rentabilidad del negocio:

– Son 17.000 has del Chaco de las que ya se ha deforestado un 60% para sembrarlo de pastizal –algo más de 10.000 has- y el resto se deja como reserva de madera para explotar más adelante. También se dejan 100 metros de bosque en cada potrero para que el ganado pueda protegerse del viento y del frío.

– Se desbroza de raíz y se siembra pasto. La semilla de “pasto colonial” –así se llama la marca que se comercializa- cuesta unos $6.000 y alcanza para sembrar 2 has. Así que con 5 sacos se sembró toda la superficie.

– En la estancia trabajan de forma fija 8 retireros –que viven en los retiros junto a sus familias que habitualmente superan los 7 miembros-. Ganan $360 al mes y tienen la posibilidad de criar algunos animales de granja propios, tienen leche gratuita de las vacas que cuidan y pueden sembrar algo de mandioca para autoconsumo. Parece que deben agradecer estas condiciones ya que no es habitual en todas las estancias de Paraguay, donde todo lo tienen que comprar al estanciero a precios desorbitados. El resto de productos y bienes de consumo lo compran a casi el triple de lo que pagarían en Concepción, que está a 70 km.

– En construir una casa nueva para los retireros, con el terreno desmontado, se tardan tan solo 25 días entre tres personas.

– Como nos cuenta Martín, a cada hombre de su equipo que trabaja construyendo los retiros le paga $22 por día trabajado –unos $480 al mes-. En el caso de aquellos contratistas que gestionan el desmonte, la limpieza del matorral y de los cercados, llevan a trabajar a los indígenas de las comunidades cercanas –que están a 12 horas caminando- y les pagan apenas $12 por jornada –unos $265 mensuales, si es que trabajan el mes completo-.

– Para limpiar una hectárea de matorral entre dos trabajadores se tarda un día. Y para desmontar y limpiar la misma extensión entre cuatro personas, toma dos días si el monte no es muy pesado.

– Cada cabeza de ganado se vende al frigorífico en Concepción por entre $1.800 y $2.800 en función de la res –terneros, adultos, lecheras, sementales-. Este frigorífico está entre los 3 más grandes de Sudamérica y gestionan unas 1.700 reses diarias.

– Cuesta $5.300 el flete de 300 reses que darán de media unos $600.000. Esto se realiza dos veces al año, es decir se obtiene $1.170.000 de ganancia. Martín calcula que el dueño gasta unos $50.000 al mes en mantener la estancia, pagar a los retireros y a los contratistas.

La suma final en una estancia pequeña como esta supera el medio millón de dólares anuales de beneficio. El hecho de que en Paraguay el impuesto sobre la renta no exista hace que sea el paraíso para grandes inversores en materia ganadera y agrícola a gran escala. Además, a esto hay que sumar el retraso más que calculado en la aprobación de una nueva ley agraria donde se incluyan los territorios de los pueblos originarios, la construcción de la hidrovía, la fortaleza del real brasileño frente al guaraní, y el acuerdo pentanacional de libre tránsito de mercancías entre Paraguay, Brasil, Bolivia, Argentina y Urugay. Todo esto hace de esta región el lugar donde invertir en materia ganadera y agrícola de exportación y a gran escala.

Nos matamos a beber

Martín, con su buen humor, repite insistentemente que ellos tienen en la estancia un lugar donde encontrarse con la vida sencilla y donde, literalmente: “nos matamos a beber”. El trabajo trae parejo el compañerismo entre personas que viven en semi-aislamiento durante muchos días. Más que una fuente de ingresos para ellos es una vía libre al alcoholismo en el que también entran algunos de los habitantes de las poblaciones indígenas que, una vez desnaturalizadas de su modo de vida tradicional dependen de las estancias ganaderas para sobrevivir y beber lejos de sus comunidades.

La cerveza es el producto estrella de las pocas tienditas que rodean la estancia y en donde su coste multiplica por tres al del origen. Martín dice que es para controlar el consumo y así la gente no bebe tanto, pero reconoce que de todas formas se compran masivamente los packs de 12 latas de cerveza a $17, dejándose el sueldo en muchos casos para pagar tan caro vicio.

Tuvimos suerte esta vez y solo el primer día fue de borrachera crónica, tomando en las 10 horas de viaje en barca –de nuevo a 7 km/h- 80 cervezas entre 4 personas y continuando, los más atrevidos, la fiesta hasta el día siguiente. El viaje nos sirvió además para corroborar de primera mano la compra de diesel de contrabando, procedente del sobrante de los empujes que revenden a pequeños comerciantes sin conocimiento del armador, ya que en épocas de crecida en el río la navegación es más fácil y el consumo menor.

Se crea de esta forma una relación de dependencia etílica con el trabajo, con la estancia. Supone en muchos casos un lugar donde hacer aquello que no puedes hacer con la familia -que aquí no te controla-, y tienes disponibilidad de dinero para poder consumir alcohol durante y después de tu jornada laboral en compañía de los colegas de trabajo.

La jornada no se interrumpe. Se trabaja duro. Tampoco se interrumpe el consumo continuado del líquido que continuamente, en forma de botella o de lata, va regando las gargantas de los incansables jornaleros.

Además del alcohol, en torno a la estancia surge la prostitución. Se produce, principalmente, en las comunidades indígenas y los clientes es muy probable que estén pasadísimos de cerveza y otros licores. Son varias las opiniones de qué indígenas son las más bonitas de todas y qué cosas no les gusta hacer en la cama debido al choque cultural existente. Naturalidad en los comentarios, machismo aprendido a lo largo de siglos, racismo alimentado por una ignorancia absoluta en la cual los indígenas son unos vagos y unos borrachos; una brecha cultural y social entre una población que convive codo con codo en esta región.

Naturaleza indómita

Cuando llega el viento del sureste huele a burro muerto. Le picó una víbora y ahí se quedó, nos comenta Martín. La naturaleza se resiste a doblegarse en esta zona. Aún son muchas las especies animales que se pueden encontrar en las partes que quedan sin deforestar y que en muchos casos sirven de alimento de primera necesidad.

Rubén González, el amigo biólogo y ornitólogo con quien realizo el viaje, lleva la cuenta hasta ahora de unas 65 especies diferentes de aves observadas. En Paraguay hay constancia de la presencia de 680 especies –en toda Europa hay registradas en torno a 500-. Además de sus peces, a los que se comen sin distinción de a cuál de las 168 especies que pueblan los ríos de Paraguay pertenecen, hay numerosos animales en el Chaco que corren serio peligro de quedar relegados en reservas o a extinguirse. Algunos de los que sirven de alimento de muchas personas y comunidades que habitan el Chaco y de los cuales se llega a tener una dependencia vital son: yacaré (caimán), kaguaré (oso hormiguero),  tatú (armadillo), ñandú (avestruz americana), karumbé (tortuga terrestre), guasú (venado), mborebí (tapir), carpincho (capibara)…

El Chaco se pierde, sus habitantes transforman sus modos de vida pasando a ser dependientes de un modelo no escogido, de un dueño de la tierra al que jamás verán la cara, muchos de sus animales y plantas retroceden y desaparecen debido a la pérdida de su hábitat, los pueblos originarios quedan relegados a mano de obra barata perdiendo involuntariamente su identidad, y en muchos casos son alcohólica y sexualmente explotados.

Mucho se habla de la Amazonia por su complicadísima situación, principal pulmón planetario y en escandalosa desaparición ambiental y cultural. El Chaco es una ecoregión extensa que alberga hasta 3 ecosistemas diferentes y en el que viven de manera tradicional muchas personas que ven cómo la ganadería acaba con su medio, en el cual se sienten integrados como seres que habitan este planeta. Si nadie lo remedia, su destino es la desaparición y la pérdida de biodiversidad y biomasa que hará de este planeta un lugar menos habitable, además de la escandalosa degradación a nivel social que esto implica para sus pobladores.

Autor: Pedro González del Campo

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90 horas, 4 peces y el tranquilo espectáculo del río Paraguay


La navegación por el río Paraguay nos resulta un escaparate perfecto de sus orillas, lo hacemos a 7 km por hora a bordo del Cacique II rodeados en su interior de cebollas, huevos, papas y tomates, y otras encomiendas que transporta hasta Vallemí, cerca de la frontera con Brasil y a donde llegar en coche se hace difícil, siendo estos barcos casi la única entrada de bienes de primera necesidad, lo cual encarece los precios de los productos en una zona donde la gasolina super está a casi 2 dólares por litro.

La música brasilera suena insistente en el puente de mando, suben y bajan barcos por el río, algunos son remolcadores enormes de 300 metros que trasportan hierro y soja, cada poco tiempo se ven botes cerca de las orillas pescando, todo dominado por unas riberas en las que se alternan zonas transformadas en estancias ganaderas, silos y fábricas de cal, con otras de una naturaleza pletórica.

Si no surgen imprevistos se tardan unas 40 horas en hacer el recorrido hasta Concepción, pero esta vez no fue el caso y debido a una avería en el motor nos llevó casi 90 horas, de las cuales la mitad las pasamos junto a una fábrica de cal en Piquete Cue a 20 km de Asunción. Allí conocimos el pequeño pueblo que se ha generado en torno a esta fábrica, junto con otra de curtidos y una más de harina de hueso, y también allí aprendimos durante el día y medio de reparaciones la técnica local de pesca cerca de la orilla con las consecuentes risas de los que nos observaban, sobre todo cuando al subir un pesado saco de tela deseando que fuese un surubí enorme, se nos rompió el sedal en el último momento.

El río está crecido por la últimas lluvias, teniendo a veces más de un kilómetro de ancho. El barco va trazando las curvas quedándos las orillas muy cerca en algunos momentos, esto hace que nuestro viaje sea más ameno todavía al contemplarlas de cerca con su avifauna y su vegetación de ribera. En los alrededor de 300 km de río pudimos observar 51 especies de aves diferentes, innumerables plantas y no somos capaces de imaginar cuántas especies de peces deben albergar las turbias aguas por las que nos movemos, pero en 1 hora de pesca por nuestra parte capturamos 4 peces de 3 especies diferentes, de los que dimos buena cuenta por la noche acompañados de una salda frita de verdura como nos recomendaron las mujeres que viajaban con nosotros. La imagen que contemplamos es un placer para nuestros ojos y oídos, disfrutamos cada kilómetro con sus vistas, del rítmico traqueteo del motor que mueve las hamacas y de una naturaleza que va creciendo en espectacularidad a medida que vamos hacia el norte y nos alejamos de los principales núcleos urbanos. Este río promete no dejarnos indiferentes.

Han sido unos días de disfrute de la lentitud y la tranquilidad del río. Los movimientos del barco son suavemente calculados y las conversaciones se suceden con la joven tripulación que no supera los 25 años de media y que posee una vitalidad y energía que hace que, por un sueldo insuficiente -2.000.000 de guaraníes, unos 500 dólares-, trabajen larguísimas jornadas laborales con disponibilidad absoluta, sin casi días libres excepto aquellos en los que el barco está parado sin actividad de carga o descarga, y que produce un gran rendimiento a su dueño a la vista de los 2 contenedores que empujamos y que bajarán llenos de rocas de cal para vender en las fábricas Asuncenas. Es Vega, el jefe de máquinas procedente de Vallemí, quien en las guardias nocturnas se acerca siempre a charlar con nosotros y a compartir varias conversaciones entre las que surge la de la poca rentabilidad que consigue de su sueldo por el elevado coste de vida de Paraguay, en el que la renta per cápita está inflada respecto a la realidad, acumulando mucho dinero por parte de muy pocas personas y con muchísimo dinero público desaparecido procedente de las exportaciones, una corrupción generalizada que es el mal del que se queja todo Paraguay.

En medio de muchos kilómetros de ribera con el verde predominio de sus árboles y plantas acuáticas, vemos algún cartel de prohibición de paso bajo la amenaza de aparición de guardias armados en medio del bosque, son grandes zonas de producción en algunas partes del río, explotaciones ganaderas de miles de hectáreas -que hacen de este país uno de los principales exportadores de carne mundiales- a las cuales aparecen adosadas pequeñas casitas de madera junto a las orillas donde habitan sus trabajadores, hay también silos de la maldita soja que no solo quita tierras a sus pobladores -con sus consecuencias sociales y culturales- sino que no deja dinero entre ellos convirtiendo a los pueblos originarios y pequeños agricultores en mendigos desplazados a los principales núcleos urbanos. Alguien nos dijo hace poco -que me perdone quien fuese por no recordarlo- que los ríos son las actuales venas abiertas de América Latina por donde se escapa la riqueza que a día de hoy se procude en sus países, y a falta de ver la zona sojera por excelencia que es el oriente paraguayo, nos sumamos a esta afirmación.

Ayer llegamos a Concepción, la capital del norte del país y antiguo puerto estratégico que el jueves celebra 239 años desde su fundación. Vamos conociendo a sus gentes, que como en todo el Paraguay vamos encontrando con un caracter envidiablemente acogedor y haciendo contactos para facilitar el transporte por el río arriba en los próximos días. El río nos llevará en nuestra próxima parada hasta un símbolo de la pérdida de la tierra en Paraguay, Puerto Casado, para entregar varias encomiendas y conocer la realidad de un lugar comprado literalmente por la Secta Moon, en el cual sus habitantes luchan por cambiar esta situación y hacer respetar sus derechos.

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Esperando en la “zona roja”


Cuarenta y ocho horas de espera en Puerto Botánico para poder salir finalmente en el Cacique II, que parte hoy jueves a medio día. Tantas horas de espera dan mucho de sí para perderse entre la vida del barrio que conforma Puerto Botánico, calle arriba y calle abajo, en pequeñas ventas, en el astillero, en la cancha de fútbol, para compartir ratos de conversación con sus vecinos.

Para llegar a Puerto Botánico tomamos el colectivo durante casi una hora con la ilusión que nos produce empezar el viaje por el río que supone el comienzo de la ruta por las tierras bajas de Suramérica. Te apeas en una curva que te lleva directamente hacia la recta que te pone en el puerto en poco menos de un kilómetro y que es la vía principal de este barrio costero. Atrás queda Asunción, una ciudad que vive de espaldas al río, esto es el Barrio de Puerto Botánico, aquí se respira la brisa fluvial y la vida de la ribera empieza a sentirse con el trajín de coches y sacos de cal, que entran y salen de la fábrica instalada junto al puerto y que van dirección al norte y al sur en los cargueros. A lo largo de la bajada, a ambos lados de una calle sin empedrar ni asfaltar, se van sucediendo casas bajas y negocios familiares que mantienen una economía de subsistencia que da de comer a mucha gente por aquí y por media América, la América que vive al día y que con mucho esfuerzo y mucha alegría sale adelante a pesar de vivir con la limitación -material- que te impone la cuna.

Lo que no es limitado es la simpatía que desprende la gente en cuanto cruzan la mirada y comienzan los saludos, su hospitalidad hizo que para la primera noche de espera consiguiéramos un viejo carguero encallado dentro del astillero, donde poder colocar la hamaca y dormir bien bajo un techo algo herrumbroso y oxidado que nos salvó del aguacero que ha caído a lo largo de todo el día de ayer y parte de la noche. Todo un gesto de buena voluntad por parte del Sr. Morales, el responsable del lugar, que con una conversación pausada y tremendamente amable, rápido se interesó por nuestras intenciones de viajar a Concepción por barco en una ruta que está totalmente en desuso para pasajeros, y que con un gesto avisó a uno de los chicos que trabajan con él para que, entre risas con sus compañeros e inteligibles palabras en guaraní, nos acompañase a nuestro primer alojamiento ribereño. Empezamos a vivir esa hospitalidad sobre la cual habla Román Morales en Caminos de Agua, y que tienen las gentes del río, ese código no escrito y en el que uno puede sentirse seguro siempre que encuentre gente a sus orillas, ya que siempre serás ayudado al menos con un lugar donde poder poner tu hamaca, un techo los días de lluvia, un fuego para cocinar o una parcela en donde poder poner tu tienda de campaña.

Hoy el barrio continúa hecho un barrizal, pero se pasea a gusto en este pequeño caos donde convive mucha gente, los charcos toman casi todo el ancho del camino, la circulación es multidireccional en cada calle y cada carril, y muchos animales que en principio deberían perseguirse conviven pacíficamente a excepción de alguna trifulca motivada por el celo -perros mezclados con chanchos, vacas, caballos, gallinas, gatos…-. Ayer la tarde llegó el Cacique II, pero hasta dentro de unas horas no saldremos porque no quisieron navegar con la lluvia. Hoy ya no llueve y el sol brilla, desde las 6:30 Esteban, el joven cocinero del barco, prepara el desayuno y lo necesario para ir adelantando la comida de una tripulación conformada por un capitán, un cocinero y tres marineros, casi todo gente joven que en seguida nos hicieron el hueco para colgar de nuevo las hamacas y pasar la noche en el barco que principalmente llevan encomiendas de muebles, motos, cerveza, cuadros de santos de gran formato y cal, mucha cal que impregna nuestra ropa y nuestra cara de la cual no se nos quita la sonrisa.

Llaman “Zona Roja” o “Zona Baja” a las partes de Asunción donde el asfaltado no existe, el vecindario es del origen más humilde, donde supuestamente hay más inseguridad o desde donde sale la inseguridad hacia el resto de la ciudad… y donde no se paga por la electricidad, suponemos que a los gobernantes les dará vergüenza cobrarles por una electricidad que sale de una planta hidroeléctrica que produce el 400% más de energía de la que necesita el país, mientras no asfaltan ni dotan de servicios sus calles-.

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El futuro del río Paraguay: la hidrovía de la soja


El transporte fluvial de pasajeros entre Asunción y Concepción -nuestro próximo destino- es muy limitado. Un país atravesado por un río como el Paraguay, y una ciudad como Asunción con varios puertos fluviales a lo largo de ella, cuentan solamente con dos barcos de pasajeros que zarpan martes y viernes, aunque en algunos casos -como esta semana pasada- no existiese la conexión del viernes y tengamos que seguir esperando para remontar el río. Ha sido tiempo de documentarse, compras de última hora y de hablar con la gente Asuncena para conocer un poco más acerca de esta arteria que atraviesa el país por la mitad.

La visita hace tres días a Puerto Botánico en busca de algún barco carguero o de pasajeros resultó algo frustrante. A pesar de conocer a María -paraguaya, de sonrisa amable que rápido empatizó con nuestros propósitos viajeros, y que regenta una venta junto a sus padres y su hermana a orillas del río cerca del puertito destartalado- y de dejarle un número de contacto para que, en caso de aparecer un barco que siga río arriba nos avise y salir corriendo hacia allá, tendremos que esperar hasta el martes, día que zarpa el Cacique II, nuestro primer transporte fluvial de la ruta.

Esta escasez de transporte de pasajeros contrasta con un gran proyecto para el transporte de mercancías en el río Paraguay que se está implementando desde hace años con interrupciones constantes conocido como la Hidrovía Paraguay-Paraná, y que une 3.500 km desde Cáceres (Brasil) hasta su salida al mar en Argentina y Uruguay. Este proyecto es un viejo conocido de Paraguay, un proyecto que a priori puede parecer una oportunidad de acercar los pueblos y las ciudades del país, generador de “riqueza”, y en el que las consecuencias ambientales y sociales no son tan positivas a la vista de cómo se ha venido desarrollando los acontecimientos de las últimas décadas.

Los ríos son una de las vías de comunicación más antiguas, suponiendo una fuente de alimento, trabajo, agua, cultura, biodiversidad, y en el que desde hace muchos años conviven el transporte fluvial tradicional con el transporte a gran escala. Es el río Paraguay el que permitió al país tener una salida al mar y el que ha hecho que se convierta en un exportador de primer nivel de algunas materias primas.

Hace ya tiempo que se viene desarrollando el proyecto de la Hidrovía Paraguay-Paraná. Empieza su recorrido en 1995 con la entrega de los primeros estudios de impacto, y el objetivo según dicen sus impulsores es hacer navegables 3.500 kms de río, los 365 días del año, las 24 horas del día. A priori suena interesante, pero lo que llama la atención es que el río es navegable desde siempre todo el año (menos en el Pantanal que la navegación es más estacional) y ha supuesto durante siglos, y aún supone, una vía imprescindible de conexión y distribución de bienes en el país, sobre todo de Concepción hacia el norte del país, pudiendo quedar demostrado con las últimas inundaciones hace semanas que hicieron del río el único medio de acceso a muchos lugares que quedaron aislados.

Son numerosas las asociaciones ecologistas, movimientos campesinos y ONG´s que trabajan con pueblos originarios y productores rurales del país, las que alertan del peligro que se deriva de este proyecto y que se suma a la problemática ya consumada de la soberanía perdida en favor de unos pocos con el tema de la propiedad de la tierra.

La transformación de un río

Esta infraestructura está pensada para dar salida fácil y rápida a las materias primas y de exportación en las inmediaciones del río, que por importancia se estima son la soja y sus derivados, seguidos por el hierro y los combustibles (fuente: Consejo Portuario Argentino), además de suponer el pavimentado y construcción de vías de acceso rodado desde los centros productivos de soja y otras materias primas y ganaderas hacia el río. Las predicciones en cuanto al transporte fluvial de mercancias indican se incrementarán a más del doble de aquí al 2020. De nuevo encontramos el conflicto sojero en medio de todo el meollo, que ya ha causado el desplazamiento y privación de territorio de pueblos originarios y campesinos a lo largo de las últimas décadas, la pérdida de biodiversidad, de soberanía alimentaria, el agotamiento de la tierra, pobreza, así como muertes por intoxicación entre pobladores que están cercanos a los cultivos o rodeados de ellos, como fue el caso de 12 muertes en 2009 de miembros de la comunidad Mbya, que sufrieron graves crisis respiratorias que les provocaron la muerte (Fuente: BASE.IS).

El problema acerca de este proyecto en el río no es la navegación -que ya se realiza-, sino la cantidad de barcos, el tamaño de los mismos y la frecuencia de navegación que quiere alcanzarse, así como la intervención en infraestructuras, carreteras, dragados, eliminación de meandros, etc… suponiendo una amenaza para el ecosistema -uno de los más importantes ecosistemas fluviales mundiales, con el humedal más grande del mundo, el Gran Pantanal, que se vería seriamente afectado ante un tránsito de tal magnitud- y para muchos habitantes de las riberas y más adentro, terminando con su modo de vida -tradicional y ancestral-, por la expansión de los cultivos de soja atraídos por un menor coste en el transporte, la deforestación para la creación de nuevos terrenos ganaderos, la construcción de carreteras…

La gran “ventaja” que se pone sobre la mesa para convencer a la gente es la reducción de costes en el transporte y la activación de la economía. Aemás se habla también de que el transporte por río tiene un menor impacto ambiental por la reducción de emisiones de CO2, apropiándose sesgadamente de argumentos conservacionistas. Ahora, ¿esta gran ventaja para quién es y sobre quién revierte?, no en aquellos que dependen y viven del río directamente, ni en los que dependen de la tierra próxima a las riberas para abastecerse de alimento, ni en aquellas personas que trabajan la tierra de forma sostenible y que las venden por un puñado de dólares, que acaban gastando para convertirse en extraños dentro de su país. Son los grandes terratenientes sojeros y ganaderos, en un estado tan marcado por la corrupción funcionarial y política, los que se ahorran costes en transporte y producción, se llevan los beneficios y que en la mayoría de los casos no revierte en la población local.

A lo largo los casi 900 km de río -tramo que recorreremos en las próximas semanas- nos cruzaremos con estancias ganaderas, gentes, ciudades, pueblos, puertos, silos de grano, campos de soja, áreas protegidas, humedales, estaciones biológicas, comunidades indígenas de 9 de los 20 grupos que existen en el Paraguay… toda una realidad cultural y ambiental que nos mueve y nos mostrará mucho más de un país marcado históricamente por su sistema fluvial… si todo va bien –hi’ãnte chéve, ojalá en guaraní- el martes a la noche comienza el contacto pleno con el río.

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Paraguay Menonita. La productividad por encima de todo


Filadelfia es la principal ciudad del departamento de Boquerón, y es la capital Menonita de Paraguay. Poco queda ya de aquellos menonitas que rechazaban cualquier avance mecánico y moderno, convirtiéndose hoy en enormes productores, con la última tecnología y capacidad de expansión en el Chaco Paraguayo.

Llegar a esta ciudad después de ocho horas de colectivo, hace que uno tenga la sensación de visitar Alemania y no el Chaco Central donde se ubica. Los menonitas son un grupo religioso, escindido de la iglesia católica y seguidores de Menno Simmons (sacerdote holandés anabaptista del siglo XVI), que en un principio se extendieron de Europa central hacia Rusia, huyendo de la persecución religiosa e invitados por los gobernantes locales como eficientes agricultores. Con la eliminación de los acuerdos de explotación de la tierra en Rusia en 1877, hubo un éxodo hacia Canadá y Estados Unidos; y con la definitiva derogación de todos sus privilegios y la expropiación de las tierras y persecución Stalinista, en la década de 1920 fueron emigrando de nuevo hacia América en numerosos grupos, asentándose en países como México, Bolivia o Paraguay.

A Paraguay llegaron en 1927 y siguieron aumentando con las migraciones hasta 1947, con una concesión de tierras de una parte del Chaco Boreal (no queda claro si a crédito, regalado o chanchullo bajo mesa como dicen algunos por aquí). Hoy en día Filadelfia es el centro administrativo del Chaco, paseas por sus calles y parece que te traslades a otra parte del mundo. Cartelería en alemán, museos en alemán, precios elevadísimos, autos último modelo, grandes superficies… Ogullosos de su esfuerzo y trabajo de décadas, del desarrollo alcanzado en sus ciudades, tienen una de las cooperativas más grandes de Paraguay, siendo grandes expertos en ganadería, lácteos y agricultura en gran escala y de importación.

Paseas por las desiertas calles un domingo, preguntándote cómo es posible todo esto en medio del Chaco. Hasta que en una bocacalle a las afueras de la ordenada Filadelfia encuentras un camino que conduce hacia las colonias de guaraníes y enlhet (otra de las comunidades originarias de la región, y cuya traducción es “persona”). Allí la realidad es otra, los trabajadores de los campos menonitas se agolpan en terrenos aledaños pero separados de los menonitas, pasando alegremente un domingo en la calle. Te sientas a conversar y compartir un trago y te cuentan y te hablan de que hay trabajo, que cobran puntualmente, pero que la relación con los menonitas es de dos niveles, en el que ellos ocupan el inferior, y no se mezclan.

Aquí se aplican las leyes que los menonitas quieren, laborales y fiscales, han llegado a tomar el control total de la región, tanto es así que proveen de educación a las comunidades originarias allí donde tienen influencia, impregnando así de valores menonitas a sus habitantes. En 1996 (ha llovido mucho, pero dice mucho también de la mentalidad), en un intento al más puro estilo europeo por “limpiar” la ciudad, en Filadelfia se prohibió dormir en las calles a indígenas ayoreos de las comunidades Jesudi, Campo Loro y Ebetogue (según el informe de Derechos Humanos en Paraguay – 1996).

Aurelio, trabajador en el desmonte de los terrenos para crear nuevos pastos para el ganado, nos cuenta en casa de su tío, junto a un exquisito asado de venado y chancho, que él trabaja 26 días seguidos al mes, con maquinaria pesada Chaco adentro, haciendo turnos alternos de tres horas, con descansos de tres horas  por el día y de seis por la noche. El día 1 se acerca a Filadelfia a cobrar y arreglar papeles y a los 4 días de nuevo al monte. Lo dice con resignación pero puedes entrever la rabia en sus palabras, si no lo hace él otro vendrá detrás en su lugar.

La deforestación de los terrenos menonitas, obtenidos en condiciones de dudoso ventajismo, cuando muchos pueblos originarios de Paraguay no tienen reconocida su parcela necesaria para vivir o es usurpada a diario, hace que uno dude a su paso por estas tierras aparentemente infértiles pero de una riqueza natural espectacular, acerca de la legitimidad de un pueblo como el de los seguidores de Menno Simons para explotar “ad eternum” una tierra extraña con sus pobladores dentro. Imponiendo un modelo absolutamente occidental de producción y convivencia, y en condiciones laborales no del todo respetuosas con sus congéneres indígenas, con los cuales se mezclan solamente en relaciones extramatrimoniales y secretas.

Todo esto contrasta con la calidez con la que fuimos recibidos al pasear por las comunidades, las ganas de reir y divertirse, las invitaciones a comer, cenar y hasta desayunar con su gente. Mientras, no conseguimos arrancar una palabra a un menonita, entre otras cosas porque casi no se les ve en la calle.

Fuente: Vázquez, Fabricio, 2006, Territorio y Población: nuevas dinámicasregionales en el Paraguay (Asunción: ADEPO-UNFPA-GTZ)

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La propiedad de la tierra


Cuando uno indaga un poco acerca de Paraguay se encuentra de primeras con algunos datos sorprendentes, un país de casi siete millones de habitantes, segundo exportador mundial de energía eléctrica siendo propietario al 50%, junto con Brasil, de Itaipú, una de las mayores hidroeléctricas del mundo (y junto con Argentina, de Yaciretá, también binacional). Además es el cuarto mayor productor mundial de soja y noveno exportador de carne.

Resulta que Paraguay en 2010 fue el país de latinoamérica que más expansión económica obtuvo, y el segundo del mundo solo detrás de emirato petrolero Catar.

Todo esto tiene su cruz. Paraguay cuenta dentro de su territorio con 17 pueblos originarios, suponiendo unas 100.000 personas, que principalmente habitan en el Chaco y en el Oriente Paraguayo. La tierra en la que se tienen las principales cabezas de ganado y de la que se saca tanta soja, lleva siglos en manos extranjeras o en manos de pocos propietarios latifundistas (apenas el 4% de la población posee el 85% de la tierra), además se calcula que el 20% del territorio Paraguayo está en manos extranjeras (el 60% de ellos brasileños).

Esta pérdida de soberanía territorial, y en consecuencia alimentaria, es un grave problema para el país en general y para las comunidades indígenas en particular,  que se ven desplazadas continuamente y limitadas en sus usos tradicionales del territorio, del que a través de diferentes artimañas legales a lo largo de la historia han sido desposeídos o reconocidas en muchos casos apenas 300 has, cuando se calcula que una comunidad de 30 miembros necesita de 5.000 has para cubrir sus necesidades, por no hablar de los pueblos que tienen una tradición nómada… no sorprende a nadie, viendo la historia de un país que loteó el Chaco entero (aún sin haber puesto un pié en él muchos de sus “nuevos propietarios”) como quien parcela la luna, la vende y la reparte entre amigos y familiares, dándose casos de multipropiedad de una misma parcela, que ha sido vendida hasta 4 veces con las mismas escrituras a diferentes propietarios. Se calcula que sumando todos los títulos de tierra del país, Paraguay tendría un 40% más del territorio que ahora ocupa.

Esta parcelación y su posterior explotación, maderera y ganadera primero, y agrícola (con la soja) después, están acabando con el ecosistema además de dejar a las poblaciones originarias en estado absoluto de indefensión y enfrentamiento con los nuevos propietarios, que compran las tierras con las comunidades dentro.

El país está sumido en un debate electoral que llevará a las urnas al pueblo paraguayo a elegir a un nuevo presidente en 2013, que suceda a Fernando Lugo, malogrado por sus escándalos personales y después de llevar a cabo una gestión que no ha dejado satisfecha muchas de las promesas de cambio en el país (algunos hablan de inoperancia y  otros de trabas institucionales y enquistamiento del sistema funcionarial, que impide llevar a cabo las reformas prometidas). En este último año electoral, en el que los políticos del país están más centrados en las elecciones primarias, no se esperan grandes iniciativas desde el gobierno para revertir la problemática que afecta a la política agraria.

En los próximos días saldremos río Paraguay arriba, de momento seguimos en Asunción, bebiendo tereré y contactando con más gente de cara a conocer mejor la realidad de los lugares por donde pasaremos.

Mapa de las comunidades indígenas del Occidente paraguayo:

Mapa de las comunidades indígenas del Oriente paraguayo:

Agradecer a Marcos Glauser su tiempo y entusiasmo en explicarnos acerca de este fascinante país.

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